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La ternura como resistencia. Una relectura de “El hijo de la novia”

por Tomás Romero

Hace 24 años se estrenaba “El hijo de la novia”, la película que le dio la quinta nominación al Oscar a la Argentina - y la primera a Campanella - y que desde hace al menos dos décadas, pone en el centro de la discusión un valor en peligro: la ternura. En ese entonces, se nos mostraba una sociedad argentina que podía sostenerse en los vínculos ¿Sigue siendo así?  


Cultura - Tomás Romero
31 marzo de 2025

Estrenada en Agosto de 2001, y con un director que ya mostraba signos de presencia firme en la industria nacional con su anterior película “El mismo amor, la misma lluvia”, el film se transformó ferozmente en un éxito al punto tal de conseguir una nominación a mejor película extranjera en los premios Oscar de ese año. Este éxito no fue casual en nuestro país, donde la sociedad “ya se encontraba muy fragmentada”, y a unos pocos meses de vivir el estallido social que marcaría los últimos veinte años de política económica y social del país se necesitaba de una narrativa que represente lo más cercano a la argentinidad de la época: la capacidad de mirarnos y la ternura como frentes para vincularnos. Algo que ciertamente logró Campanella con una de las películas más hermosas de nuestro cine.

La historia sigue a Rafael Belvedere (Ricardo Darín), un hombre de 42 años absorbido por el trabajo y la rutina, incapaz de conectar con sus seres queridos. Su padre, Nino (Héctor Alterio), quiere cumplir el viejo sueño de su esposa, Norma (Norma Aleandro), quien padece Alzheimer: casarse por Iglesia. Rafael, inicialmente reticente y escéptico, se enfrenta a una crisis personal que lo obliga a replantearse su vida, sus prioridades y su forma de vincularse con el mundo. En medio de su caos, Rafael sufre un ataque al corazón, lo que lo obliga a considerar el ritmo de su vida y sus prioridades. En este momento crítico, aparece su amigo de la infancia, Juan Carlos (Eduardo Blanco), quien a priori pareciera ser un actor un poco fracasado, con una historia familiar durísima pero lleno de optimismo. Su presencia despierta en Rafael recuerdos de una feliz juventud y lo ayuda a pensar en lo que realmente importa. Inspirado por la perseverancia de su padre, Rafael comprende la importancia de cumplirle el sueño a Norma (aunque ella no comprenda del todo) y organiza la ceremonia religiosa en la residencia donde está internada, dejando así, una de las escenas más cálidas del cine argentino.

De esta manera, se crea una construcción simbólica de la ternura que rodea toda la película, sobre la base de una narrativa que desde su plano inicial - donde Norma le prepara la merienda a Rafael y Juan Carlos en su niñez - nos exhibe una representación que es central para entender la dinámica de los vínculos argentinos: La ternura como una convicción para resistir al vacío.

El guión juega toda la película con esta visión, sus personajes intentarán todo el tiempo buscar la manera de sentirse mejores en un país que pareciera desmoronarse no solo en lo económico sino también en lo emocional. 

En el año 2009, en una conferencia en Creces, Argentina,

el Papa Francisco (entonces cardenal Bergoglio) manifestó que las personas somos “una máquina de fabricar tristezas”, donde el sufrimiento nos hace vagar entristecidos.

Pero ¿y si hubiera una fórmula para que esa tristeza se diluya? Pareciera que Campanella encontró algunos atisbos de esta fórmula y los plasmó en ¨El hijo de la novia¨. Rafael, por ejemplo, representa a una generación que quedó atrapada en la lógica del sacrificio y el esfuerzo individual, casi obligada a priorizar la supervivencia sobre la felicidad. Encerrado en un desorden laboral, en la exigencia constante del éxito y en una acumulación de responsabilidades que no terminan de pertenecerle. Rafael dejó de mirar a los demás.-”No tengo tiempo para hacerme cargo de nada mas”-. Su madre ya no lo reconoce, su padre le parece una carga y su novia es un vínculo frágil que apenas resiste sus ausencias. Él no está solo, pero sí desconectado. Es recién cuando logra ver que su padre busca en un acto emocional, el acercamiento a esa mujer que se fue olvidando quien fue, que él encuentra una manera de reconciliarse con el mundo. En Nino encuentra una señal de resistencia, un acto de ternura capaz de hacer recordar incluso en el vacío

- “Si vos vieras la mitad de lo que yo siento por esa mujer, serías el tipo más feliz del mundo."-.

Mirar, en este contexto, no solo significa observar, es también enfrentar la realidad, tal como es, sin ignorarla ni huir de ella. La mirada entendida como una verdad, sin adornos ni manipulaciones y quizás, la acción más noble que puede hacer alguien ante un contexto de profundo desasosiego y negatividad: implica la obligación moral de ver y resistir. Ahí empieza a tejerse el eje en donde se va a desenvolver toda la historia, donde el desafío de Rafael será entonces, encontrar esa misma ternura que llevó a Nino Belvedere a pasar 44 años enamorado incluso de una mujer que ya no lo recuerda bien, resistiendo en la ternura una historia que la enfermedad fue borrando. Este camino no es fácil, entendiendo el contexto social en el que se sumergió el país, la ternura parece algo así como un lujo, un gesto que muchos no podían permitirse. Aun así con todo esto, la sociedad argentina estaba dispuesta a enfrentarse al sufrimiento - el que es inevitable - y sumergirse en la ternura para volverse más sensible a la belleza del mundo y, al igual que Rafael, como una vinculación más profunda con los nuestros, pues es lo que realmente vale la pena.

Hacia el final del film, Rafael visita a un cura para confirmar si la Santa Sede ha autorizado que se materialice este matrimonio, dado que Norma, debido a su enfermedad, ya no cuenta con discernimiento. En esta escena hay un fragmento de diálogo que sintetiza de manera más precisa la idea de ternura que construyó el guión de Campanella:

-” Yo no le puedo decir esto a mi papa, es un hombre mayor, escúcheme dios tiene que entender, él también es un viejo (...) Escúcheme lo tendría que ver a mi papá, parece que tiene 20 años de nuevo, que le va a decir, que le va a hablar de discernimiento a un hombre que sigue enamorado después de 44 años, ¿no se da cuenta? Él lo único que quiere es cumplirle el sueño a mi mamá, que era casarse por Iglesia. Como no se da cuenta, es un acto de amor del que yo no soy capaz.”-    

La lógica del mercado y de los personalismos está haciendo de nosotros personas más violentas, sumidas en discursos de odio que no llevan a nada más que vivir nuestras vidas entristecidas, porque dejar de mirar con ternura es nuestra ruina. ¿Queda espacio en la Argentina actual para esos actos de ternura que desafían estas lógicas del desencuentro? La respuesta podría estar en las escenas de esta película, porque en definitiva Campanella nos ofrece una propuesta atemporal: Una narrativa que pone en foco la importancia de sostener, incluso en medio del caos, los gestos que nos humanizan. La ternura, lejos de ser un lujo, se impone como una resistencia para construir un futuro, pues parece que nuestra sociedad se olvidó que en la sencillez de ser tierno, reside la capacidad de construir comunidades.

Pasaron más de dos décadas desde que esta película vio la luz y pareciera que la sociedad argentina está perdiendo esa ternura. En definitiva, ¨El hijo de la novia¨ es la película que uno quiere ver cuando está perdido en sus vínculos, porque esta ofrece respuestas con un compromiso profundamente humano, profundamente tierno y esto es algo que no me gustaría perder nunca.  

“Aun así, falta ternura. Se la necesita”. Alejandra Pizarnik - Diarios, Miércoles 10 de abril 

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