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El viento del Este sopla fuerte… y en Washington cierran las ventanas

por Martina Zurita

Trump volvió a la Casa Blanca con más poder y menos restricciones que nunca. En solo semanas, desmanteló décadas de política exterior, convirtió la ayuda militar en una moneda de cambio y consolidó un modelo de liderazgo sin frenos. Mientras EE.UU. se repliega, China avanza y las instituciones que alguna vez limitaron al presidente parecen más frágiles que nunca. ¿Está Estados Unidos transitando el camino del personalismo que históricamente condenó a América Latina?


Opinión - Por Martina Zurita
19 de marzo de 2024

Ya van casi dos meses desde que Trump volvió a la Casa Blanca. Cuando dejó el cargo en 2021, el país estaba en llamas: un grupo de sus seguidores había asaltado el Capitolio para frenar la certificación de Joe Biden, su segundo juicio político avanzaba en el Congreso y el sistema parecía resistir a duras penas su embestida. Ahora, con más poder que en su primer mandato y con menos frenos institucionales, la pregunta no es qué hará Trump, sino hasta qué punto las reglas del juego podrán contenerlo esta vez.

Su campaña de reelección en 2024 se construyó sobre una premisa clara: EE.UU. está en decadencia y solo él puede salvarlo. Con un discurso de guerra cultural, demonizó la inmigración, el "wokeism" y la corrección política como amenazas existenciales para los valores tradicionales del país. Pero más allá del relato, lo que definió su regreso al poder no fue solo la retórica populista, sino la consolidación de un modelo de liderazgo sin restricciones reales, más parecido al de América Latina que al de la democracia estadounidense que el mundo solía tomar como referencia. Respaldado por figuras como Elon Musk y con un Partido Republicano totalmente rendido a sus pies, Trump se presentó como el último bastión contra el colapso cultural, económico y político que, según él, amenaza al país. 

Desde el minuto uno de su mandato, Trump dejó en claro que esta vez no piensa negociar con nadie. En solo diez días firmó más de 50 órdenes ejecutivas, reestructuró agencias federales y congeló fondos que ya habían sido aprobados por el Congreso. También impuso aranceles agresivos contra aliados y competidores por igual, justificando sus decisiones bajo una lógica de nacionalismo económico extremo. Pero el verdadero cambio no está solo en las medidas: está en el poder sin control que hoy concentra la presidencia. Lo que antes era un sistema de equilibrios y contrapesos, ahora es un gobierno cada vez más personalista, con un presidente que avanza sin que nadie pueda (o quiera) frenarlo.

En cuestión de semanas, Trump desmanteló décadas de política exterior estadounidense con un estilo que dejó a los líderes mundiales desconcertados. Esto quedo clarisimo en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde J.D. Vance, su Secretario de Estado, sorprendió a los asistentes al advertir sobre "la amenaza interna de Europa" y minimizar el compromiso de EE.UU. con la OTAN. La política exterior estadounidense, antes el ancla del orden internacional basado en reglas, se convirtió en un barco a la deriva, sin más brújula que la voluntad del presidente.

Lo verdaderamente desconcertante no es solo el giro, sino la velocidad con la que ocurrió. Durante décadas, EE.UU. cargó con su propia versión del “peso del hombre blanco”, convencido de que era su deber liderar, financiar y moldear el mundo a su imagen y semejanza. A través de ayuda humanitaria, inversiones estratégicas y programas de cooperación, tejió una red de influencia global disfrazada de altruismo. Pero ahora, de un día para el otro, abandonó ese papel y cortó los fondos sin previo aviso, dejando a sus “protegidos” a la deriva. Lo más irónico es que nadie debería estar sorprendido. Trump lo advirtió. Desde su primera campaña, prometió que EE.UU. dejaría de ser el "salvador" del mundo para enfocarse en sus propios problemas.

Estados Unidos ya no es el salvador del mundo, y en su retirada, deja un vacío que otros querrán llenar. Europa, desgastada por la guerra en Ucrania, recibe señales confusas de Washington: la ayuda ya no es incondicional, ahora tiene precio. Trump lo dejó claro, y mientras él se repliega, China avanza. En América Latina, el comercio chino ya supera al estadounidense en países clave como Brasil, Chile y Perú, con inversiones en infraestructura, minería y telecomunicaciones. En África, la Iniciativa de la Franja y la Ruta ha financiado puertos, ferrocarriles y carreteras, consolidando la presencia de Pekín en sectores estratégicos mientras Washington reduce su ayuda al desarrollo y cierra agencias clave como la Fundación para el Desarrollo de África. El viento del Este sopla fuerte... y en Washington cierran las ventanas.

Trump ha utilizado la "situación de emergencia" como un cheque en blanco para justificar cualquier acción, desde imponer aranceles hasta endurecer políticas migratorias o desviar fondos sin aprobación del Congreso. Los jueces, aunque no han cedido completamente, han sido cautelosos a la hora de fijar límites claros. Las cortes han comenzado a ser un foco de resistencia, pero la administración de Trump sigue encontrando vericuetos legales para avanzar con su agenda. En otras palabras, las pocas restricciones que aún pesan sobre la presidencia no han desaparecido del todo, pero cada vez parecen más frágiles ante un mandatario que entiende el sistema y sabe cómo forzar sus márgenes. 

Se está latinoamericanizando Estados Unidos?

Si históricamente América Latina fue el paradigma del presidencialismo personalista, EE.UU. se presentaba como su opuesto: una democracia constitucional fuerte, con controles efectivos sobre el Ejecutivo. Pero ese contraste se está diluyendo.

El liderazgo de Donald Trump—tanto en su primer mandato como en su regreso al poder—ha evidenciado un debilitamiento de los frenos institucionales. Su capacidad para desafiar normas sin consecuencias, gobernar por decreto y erosionar la legitimidad electoral sugieren que EE.UU. ya no es el país que garantizaba el orden internacional basado en reglas, sino uno que se vuelve cada vez más errático e impredecible.

Si antes el personalismo y la flexibilidad de las reglas eran rasgos típicos de América Latina, hoy esas mismas dinámicas empiezan a aparecer en EE.UU. Lo que Guillermo O’Donnell describió como "democracias delegativas", donde los presidentes gobiernan con escasa rendición de cuentas, ya no es un fenómeno exclusivo del sur global.

Si EE.UU. se convierte en aquello que históricamente criticó, ¿quién queda para garantizar el orden que él mismo impuso? 
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